Una niña salvó a un perro lobo gigante, pero el análisis de ADN resultó alarmante

Vanessa fue la primera en percibir que algo andaba mal. El silencio en la casa era demasiado denso, opresivo, de esos que solían hacer que Betty volviera corriendo a casa. Pero ahora la niña caminaba más lejos de lo habitual, pasando la valla y acercándose al bosque.

Cuando Betty se detuvo junto a los árboles y ladeó la cabeza con cautela, Vanessa notó movimiento entre las hojas.

El cachorro miró a Betty con calma y atención.

En casa, Betty lo dejó en el suelo y, mirando a su madre, dijo en voz baja: “Scobie”.

Era la primera criatura a la que le había mostrado tanto cariño.

Scobie seguía a Betty sin órdenes.

Nunca ladraba, ni a los ruidos fuertes ni a los transeúntes.

En pocos días, Vanessa notó cambios en su hija. Betty se recuperaba del estrés más rápido, su respiración se volvía más regular y, después de momentos estresantes, cada vez más buscaba la mano de su madre. Parecía haber encontrado paz interior.

Pero Scobie también estaba cambiando. Sus patas crecían demasiado rápido: anchas y pesadas. Sus hombros se ensanchaban, su cuerpo se fortalecía más allá de su edad. A finales de mes, era más grande que cualquier perro que Vanessa hubiera visto jamás.